No sólo de pan se vive, pero con molletes vale la pena intentarlo

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Han pasado cuatro semanas y unos días desde la última vez que nos leímos. La pausa de verano nos ha dado quizá oportunidad de extrañarnos, ponernos al día, visitar nuevos lugares, hacer dieta, dormir, leer, o simplemente quedarnos impávidos bajo el aire acondicionado y mirar el mundo a través de la ventana y nuestras cuentas en redes sociales.

Como ya lo he escrito anteriormente, el verano es el tiempo de reflexión para el cachanilla promedio. Habitamos espacios de clima controlado, huimos de la luz del día, gritamos de dolor cuando el intenso sol de las 4 de las tarde nos ataca la piel, contenemos el aliento cuando llega el recibo de la luz, y sin embargo, aquí seguimos. De alguna u otra manera entrenándonos para sobrevivir al fin del mundo.

Durante estas semanas tuve la oportunidad de vaguear un poco, cumplir años, comer por puro festejo y planear los siguientes lugares por visitar para este su Chicali Tragón. Así que sin querer queriendo, ya entramos al octavo mes del año, y cuando menos nos demos cuenta andaremos preparando el pavo navideño.

Por mientras, la ciudad sigue haciendo lo suyo, se expande, se contrae, la gente toma nuevos espacios e inicia nuevos proyectos. Algunos de ellos me han hecho reflexionar al respecto de nuestra necesidad incesante de experimentar una y otra vez, con lo conocido y lo desconocido.

Mientras tomaba esta pausa vacacional tuve también la oportunidad de ver la serie de documentales de netflix “Chef’s Table, que aunque se trata de comida y seres humanos con capacidades únicas para combinar ingredientes, va mucho más allá. Se mete al corazón mismo de la relación que tenemos con la comida, nuestro entorno, la manera en que la tierra nos provee y la nobleza de compartir los alimentos.

Estos documentales siempre me dejan hambrienta, pensativa y con las ganas de viajar a cada una de estas cocinas para experimentar los sabores y olores que la pantalla sólo me deja imaginar.

Una de las cosas que casi todos los cocineros comparten, es su amor por los platillos que comieron de niños, los olores de la cocina de casa, la relación entre la comida, el cuidado y el amor. Eso me lleva a creer que no puede haber restaurante, puesto, carreta o changarro, que sobreviva sin que sus dueños tengan una sólida relación de amor con la comida.  Por ejemplo, he ido a algunos restaurantes de cadena, con comida rápida que es buena, pero no les escribo de ellos porque aunque la comida sea rica y bien preparada, hay algo que le falta, y es la relación directa de su creador con la cocina y sus clientes.

La maravilla de la comida es que aunque la necesitemos a diario, y sea una acción que repetimos y repetimos, no puede dejar de sorprendernos, maravillarnos o enojarnos. No porque ya hayamos probado unos chilaquiles exquisitos, vamos a dejar de ordenarlos en otro lugar al que vayamos. Comer, es una nueva oportunidad en cada plato.

Desde hace algunos meses observé que un lugar por el que regularmente paso había abandonado su función como tienda de muebles para convertirse en un café. Su transformación fue rápida y desde fuera se veía como un lugar bonito, cuidado y moderno. Planeé visitarlo y apenas hace unos días lo pude hacer.

El lugar del que les hablo es Barbari Café, donde lo importante es su pan artesanal. Por lo que su propuesta de menú es de desayunos y comidas tomando como base el pan que ellos mismos hornean.

Antes de llegar Priscila y yo, revisamos sus redes sociales e íbamos un poco escépticas porque sólo publican fotos de despedidas de soltera, baby showers y reuniones familiares, o sea, casi nada de su comida. Por fortuna eso no nos detuvo y desde el momento de entrar ya estábamos muy felices de habernos decidido por este lugar para desayunar.

A los minutos de sentarnos y junto con el menú, nos sirvieron unos triángulos de pan de la casa, acompañado de mantequilla y una mermelada. El pan sabe fresco, nada de conservadores y esponjamiento extra, nos dicen tiene algunos frutos rojos y granos. Buena idea servir solo un poco, porque si nos hubieran puesto más, seguro lo devoramos todo.

Revisamos el menú y decidimos ordenar platillos de desayuno clásicos pero hechos en gran parte con pan, las elecciones fueron molletes y pan francés. Al llegar sendos platones a la mesa nos dimos cuenta que ese desayuno contaría también como comida. El pan francés de Priscila consistía en 4 grandes rebanadas de pan de la casa, un huevo revuelto, jamón, tocino y salchicha…¡nada más!, mis molletes, también con otra modalidad del pan ahí horneado, eran tres piezas, cubiertos con cremosos frijoles, queso y tocino, además de estar acompañados por papas sazonadas. Para pasar los bocados también pedimos café, un americano y un capuccino. El americano, muy bueno y el capuccino espectacular.

Arrancamos con nuestros desayunos, compartimos un poco, y no, no había manera de elegir uno sobre otro. Mis molletes fueron una versión refinada de los que comemos en todos lados, y sí, lo que los hace únicos es el pan, que no es el clásico bolillo y no está cargado de migajón. Pan sabroso, frijolitos en su punto, crema, salsa y tiras de tocino rematando cada mollete.

En cuanto al pan francés, eso era un verdadero desayuno de campeones, gruesas rebanadas de pan con granos y frutos, de ese pan que no se pone aguado con la miel, esponjoso huevo revuelto, salchichas y más tocino. Definitivamente no hay manera de ser infeliz cuando las recetas clásicas se rehacen con nuevos elementos para darles un plus, y eso es Barbari.

El lugar además es muy bello, grandes ventanales dejan pasar la luz al interior, el  mobiliario es blanco y moderno, en las paredes hay dibujos y plantas. El personal es amable y la comida es sustanciosa.

Barbari Café está ubicado en Río Mocorito 799 esquina con República de Chile. Abren todos los días de 7:30 am a 6:00 pm. En su menú además de desayunos tienen opciones de comida como pizzas, pastas, ensaladas y paninis, que por supuesto están hechos con pan horneado en casa.

*Mexicalense, comunicóloga e historiadora por la UABC, voz de radio en Los 40 Mexicali y directora de Punto 56 Centro de Estudios Fotográficos.

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Fotos: Priscila Núñez

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