¡Ay Mexicali de sol naciente!…y caliente

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A ver cachanillas, tenemos casi tres semanas sin leernos, pero sí nos vimos, nos saludamos, comimos juntos y festejamos. Entre la última publicación regular de éste su Chicali Tragón y la de hoy pasaron varias cosas, tuvimos un suplemento hermoso de festejo, una entrevista de su servilleta, mucha platicada en radio, el verano arribó directo y sin permiso y ya medio estamos planeando la escapada aunque sea a la Rumo, aunque sea un fin de semana.

Estamos justo dando los primeros pasos hacia ese terreno tantas veces transitado del verano mexicalense: calles vacías, sonido de abanicos y refrigeraciones, contemplaciones de ventana en espera del bendito mes de octubre. Pero mientras eso pasa o sea 4 meses, seguiremos existiendo y suspirando de alivio cada noche que nos permita echar unas banqueteras con un poco de aire tibio aliviando el encierro.

Es durante estos meses que nos preguntamos qué demonios seguimos haciendo aquí. La maravilla del ser humano es que olvida para sobrevivir y así los mexicalenses olvidamos cada año, o cada año esperamos incongruentemente que el verano no sea tan horrible. Es chistoso, porque hay cosas de las que nunca nos podremos salvar.

De lo que tampoco se salva un mexicalense es de tener que explicar por qué no se ha ido, sobre todo cuando por alguna razón le late hacer las cosas con amor y bien. Explico. Como muchos de ustedes saben, también trabajo en radio y me lo tomo muy en serio, es decir, si tengo el privilegio de hablar para tantas personas pues me preparo, busco información y me esfuerzo para que mi lenguaje sea agradable. La gente regularmente me dice: “te juro que pensé que el programa no se hacía aquí”, “pero no eres de aquí ¿verdad?”, “¿por qué nunca te fuiste a la Ciudad de México o a otro lado a hacerla en serio? y así podría seguir párrafos y párrafos. Pareciera que damos por sentado, que esta ciudad no merece ni todo el esfuerzo ni todo el amor.

Justo este trabajo de radio y prensa me permite conocer a muchas personas y sus sueños. La ciudad esconde tesoros y últimamente son más fáciles de encontrar. Quienes hemos vivido aquí ya sea por siempre o por un buen rato, reconocemos el apellido Kiyota como parte de nosotros. Es cierto que estamos más relacionados con el arraigo chino, pero hay una pequeña comunidad japonesa entre nosotros, que discretamente trabaja y es parte de nuestra ciudad.

Pues bien, uno de los integrantes más jóvenes de esta familia, Mino Kiyota, arquitecto de profesión y restaurantero por casualidad, inició un proyecto hermoso hace un poco más dos de años: un restaurante de comida mexicana (con twist) justo en la muy popular y musical calle Zuazua. El lugar sencillamente se llama La Cenaduría y además de ser hermoso, cuenta con un segundo piso dedicado a la exposición de arte.

Mino inició este negocio justo al regresar de hacer estudios fuera y no encontrar trabajo, pero lo que empezó como algo simple para después decidir qué hacer, se convirtió en un spot de referencia en el centro de la ciudad, pero les hablaré de La Cenaduría en otra ocasión, solo les cuento porque es introducción para lo que ahora nos atañe: su nuevo y vecino proyecto culinario: Haiku, que hace menos de dos meses abrió sus puertas y no solo sirve comida japonesa tradicional, sino que promueve su cultura.

Empezaré por decirles que este nuevo lugar es un proyecto familiar de los Kiyota, en los que intervienen los hermanos Zaida, Akemi, Mino y su padre Tomás. A pesar de que esta familia ya lleva varias generaciones en la ciudad, esta es su primera iniciativa relacionada con su cultura madre.

La experiencia de visitar el Haiku inicia desde la banqueta, ya que en el acceso deslumbra un hermoso diseño de herrería en color naranja. Tras cruzar la puerta te encontrarás con un verdadero oasis, un espacio luminoso, alargado, de diseño minimalista, donde el piso y mobiliario de madera clara, hacen perfecto juego con un muro de adobe de diseño elegante y contemporáneo. El techo es alto, de madera y es parte de la estructura original del edificio.

Al fondo tiene una pequeña barra, con motivos culturales japoneses, que van desde plantas, símbolos, dulces y publicaciones. El personal amable y discreto acorde al ambiente del espacio, saluda y te guía si tienes preguntas sobre el menú.

Aunque los restaurantes de corte japonés abundan en la ciudad y el sushi ha terminado por ser parte de nuestras opciones culinarias, en este nuevo spot no se prepara sushi, sino que se ha integrado un pequeño menú muy bien pensado de lo que en Japón se consume en casas y calles a diario: edamames, gyozas, yakitori, yakimeshi, inarizushi, mishoshiru, yakisoba, ramen y curry estilo japonés.

Mientras Mino me platica cómo fueron restaurando el espacio y conformando el menú, llegan a la mesa los tres platillos que me asegura no voy a encontrar iguales en la ciudad. Primero arriba un hermoso Haiku Ramen. Abundante platillo con caldo a base de puerco (hay de soya para los que no comen carne), con fideo, pork belly, alga, huevo cocido, cebollín, germen de soya y salsa de varios chiles (de árbol, morita y chilpotle).

El aroma del plato ya hablaba mucho y bien de lo que estaba por probar, al darle el primer sorbo al caldo, sentí ese alivio de la comida que está hecha para curar el alma, el sabor es rico, sólido y se siente en su consistencia las muchas horas que se dedicaron a su cocimiento. El pork belly es tan tierno que se deshizo en mi boca y los fideos no son de esos masudos de preparación instantánea, además, el alga cortada en trocitos hace que el mar inunde los sentidos. Un platillo emocionante, sanador y delicioso.

Mi segundo plato fueron unos pequeños bocados llamados Inarizushi, que es arroz de sushi y tofu con capeado. El sabor es cercano a lo dulce y me dice Mino que lo incluyeron en el menú porque era una especie de postre especial que la abuela sólo les preparaba cada navidad. No es grasoso a pesar del capeado y el contraste de texturas y sabores son una alegría para el paladar.

Por último, probé algo que yo no sabía que existe: el curry japonés. Me explican que es algo que se prepara prácticamente en todas las casas, es un plato sencillo compuesto por papas, zanahoria, cebolla, arroz blanco y salsa de curry, pero esta salsa no es de sabor tan penetrante como el del curry indio. Amé este plato, porque se parece a esos estofados que hacen acá las abuelas, pero claro este es de abuelas japonesas y tiene toda la ternura de lo que se siente como platillo sencillo y clásico.

Mientras degustaba estas delicias lo acompañé con una helada cerveza, el lugar cuenta con una pequeña selección de cervezas comerciales, artesanales y clásicas japonesas, y claro también sirven sake.

Para cerrar con broche de oro mi visita, disfruté muchísimo la exposición que adorna sus paredes: la historia familiar de los Kiyota desde su arribo a ésta ciudad. Aplaudo la iniciativa, el Haikú es la prueba de que habemos cachanillas empecinados en hacer las cosas bien y Mino es otro que ya no anda buscando escapar de la ciudad.

El Haiku está ubicado en Zuazua 453-B. Abren de martes a jueves de 1 a 9 pm, viernes y sábado de 1 a 11 pm y los domingos de 1 a 6 pm. Ve listo para enamorarte de un pedacito del Centro de la Ciudad.

*Mexicalense, comunicóloga e historiadora por la UABC, voz de radio en 90.7 y directora de Punto 56 Centro de Estudios Fotográficos.

** Colaboración publicada originalmente el 27 de mayo de 2017 en La Voz de la Frontera.

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